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El Algoritmo No Es Tu Enemigo. Pero Tampoco Es Tu Crítico.

El problema no es Instagram. Es confundir sus métricas con una opinión sobre tu trabajo.

Alejandro Pérez López
Alejandro Pérez López3 min read
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Subes una foto que te costó meses. Ochenta likes. Subes una taza de café con buena luz y consigues tres mil. No es que tu foto sea mala — es que el algoritmo no fue diseñado para valorar lo que tú valoras.

Instagram no es una galería. Es un sistema diseñado para maximizar tiempo en pantalla. Y eso lo cambia absolutamente todo.

Las cuatro reglas no escritas del algoritmo.

Inmediatez. El algoritmo favorece el contenido que se consume en segundos. Una foto que necesita tiempo para ser leída — que incomoda, que exige atención — pierde frente a una imagen aspiracional que se entiende en un vistazo. La complejidad visual no cotiza aquí.

Frecuencia. Publicar seguido pesa más que publicar bien. Un proyecto que tarda seis meses en gestarse tiene exactamente el mismo valor algorítmico que una foto sacada en diez minutos. El sistema no distingue entre los dos, y nunca lo hará.

Aspiracional. Triunfa lo que la gente quiere ser, no lo que la gente es. Viajes, estética perfecta, luz dorada, vidas sin aristas. La fotografía que documenta lo cotidiano, lo incómodo, lo real, tiene mucho más difícil su distribución en este entorno.

El sesgo de lo placentero. Street photography cruda. Fotografía documental de largo recorrido. Retratos sin retocar. Proyectos sobre realidades incómodas. El algoritmo no elimina este trabajo — simplemente no lo empuja. Y en un sistema donde la distribución es todo, la diferencia es la misma.

Lo que queda fuera del feed.

Hay una fotografía que no necesita el algoritmo para existir — y que, de hecho, funciona mejor sin él.

Vive en fanzines autoeditados. En cuentas que publican una vez al mes y no piden disculpas por ello. En Flickr, en exposiciones, en libros de autor que casi nadie compra pero que todo el mundo recuerda. En los fotógrafos que han decidido, conscientemente, no jugar ese juego.

No es una postura romántica ni una forma de victimismo creativo. Es un reconocimiento de que los sistemas de distribución masiva tienen sesgos estructurales, y que operar dentro de esos sesgos tiene un coste que no siempre compensa.

El número de likes no es una crítica.

El algoritmo no es el enemigo — es una herramienta con sus propias reglas. El error está en confundir su métrica con valor real.

Ochenta likes en una foto que tardaste seis meses no significa que la foto sea mediocre. Significa que el sistema no fue diseñado para ese tipo de trabajo. Tres mil likes en una taza de café no significa que sea una gran fotografía. Significa que era exactamente lo que el sistema estaba esperando.

Son dos conversaciones completamente distintas. El problema es que la plataforma las mezcla en el mismo número, y ese número termina colonizando la forma en que juzgamos el trabajo propio y el ajeno.

La pregunta que vale hacerse no es ¿cómo consigo más reach? Es ¿para quién estoy publicando esto, y en qué contexto tiene más sentido que viva?

Un proyecto documental honesto sobre un barrio, sobre una comunidad, sobre algo que incomoda — ese trabajo tiene su lugar. Pero probablemente no sea el feed de Instagram en hora punta.

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